Neoliberalismo y Genocidio: Apuntes para un debate

Por Lucila Schneider y María Florencia Tonelli [1]

 

En 2004, el ex presidente Néstor Kirchner declaraba, en relación a las exigencias sobre el pago de bonos que intentaba imponer el G7 a la República Argentina:

“Cuando digo que podemos pagar el 25 por ciento de la deuda estoy hablando con la verdad (…) si se paga más se va a pagar como en la década del 90, con el hambre del pueblo, y será un nuevo genocidio sobre las espaldas del pueblo argentino que nosotros no podemos volver a permitir”[1].

Partimos de considerar que la concepción del genocidio neoliberal que subyace a este discurso permeaba la sociedad argentina tras la crisis del 2001. Este genocidio neoliberal se habría perpetrado contra el pueblo argentino por parte de las instituciones que llevaron adelante la aplicación de políticas económicas neoliberales. La pertinencia de este concepto es lo que intentaremos problematizar en el presente artículo.

 El análisis que permita considerar esta pertinencia, lo desarrollaremos específicamente en el apartado tres. Anteriormente, desarrollaremos las conceptualizaciones de neoliberalismo y genocidio (apartado uno), y un modo particular de relacionar ambos conceptos mediante la noción de genocidio económico (apartado dos. Presentaremos luego algunas consideraciones finales, que no intentan clausurar el debate sino dejar planteados interrogantes que esperamos puedan ser retomados con posterioridad.

Algunas precisiones conceptuales

El neoliberalismo será definido en dos niveles (Levy, 2010), que en lo sucesivo utilizaremos indistintamente.

En un primer nivel estructural-general, como una política expresada en medidas concretas que apuntaban a recomponer la tasa de ganancia del capital tras la crisis del Estado de Bienestar iniciada en los años setenta.

De acuerdo al diagnóstico de los organismos internacionales de crédito –el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM)-, la principal causa de la crisis residía en la persistente acción estatal sobre la actividad privada. La solución definitiva del problema fue plasmada en una serie de recomendaciones conocidas como “Consenso de Washington”. Su objetivo principal apuntó a ampliar la esfera del mercado y disminuir al mínimo la intervención estatal, a través de la liberalización del comercio, la desregulación de la economía, el recorte del gasto público y la oleada de privatizaciones (Castellani, 2002: 88-91).

En un segundo nivel, el neoliberalismo implica la destrucción de una serie de mediaciones sociales, que pueden estar expresadas o no en el Estado, que son resistencias políticas y culturales, y que comprenden desde el poder de la clase obrera y la acción de los movimientos sociales hasta una cultura de la solidaridad.

Siguiendo a Foucault (2008), la especificidad del neoliberalismo reside en la postulación de la aplicación de la grilla económica a todas las relaciones sociales, incluso a aquellas que no serían asimilables a una racionalidad económica: la “forma empresa” se convierte en modelo de las relaciones sociales en las cuales se inserta el individuo.

El neoliberalismo destruye por lo tanto las resistencias con las que contaba la sociedad para impedir la mercantilización total de las relaciones sociales. Esta es su especificidad: destruir una manera de relacionarse con el otro. Sólo es posible definir al neoliberalismo como una serie de medidas si entendemos que para que éstas puedan ser implementadas, es fundamental primero “ganarse las conciencias”, imponer una cosmovisión particular.

En cuanto a la conceptualización del genocidio, fue Raphael Lemkin quien acuñó el término, cuya esencia radica en la destrucción de la identidad del grupo oprimido y la imposición de la identidad del grupo opresor (Lemkin, 2009). Partiendo de esta definición, tomaremos de Feierstein el concepto de “prácticas sociales genocidas”, una práctica social característica de la modernidad

“cuyo eje no gira tan sólo en el hecho del “aniquilamiento de poblaciones” sino en el modo peculiar en que se lleva a cabo, en los tipos de legitimación a partir de los cuales logra consenso y obediencia y en las consecuencias que produce no sólo en los grupos victimizados sino también en los mismos perpetradores y testigos, que ven modificadas sus relaciones a partir de la emergencia de esta práctica” (Feierstein, 2007: 34-35).

El genocidio es concebido como un proceso, que comienza mucho antes y termina mucho después del aniquilamiento material de las víctimas. Profundizaremos sobre este proceso en apartados subsiguientes.

La CTA y el “genocidio económico”

 Postulamos en la Introducción que a poco de transcurrida la crisis de 2001, en nuestro país se verifica una representación del neoliberalismo que lo asocia con el genocidio. Fueron muchas las manifestaciones de esta representación, que van desde producciones documentales –un claro ejemplo es “Memorias del Saqueo”, producido por Fernando “Pino” Solanas y estrenado en 2004, que titula uno de sus capítulos “El genocidio Social”- hasta vastas declaraciones de organizaciones populares que denuncian la existencia de un genocidio neoliberal [2].

Entre éstas, elegimos analizar el posicionamiento de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) en tanto constituye un actor de relevancia en la vida política del país, además de un órgano de representación institucional de amplios sectores de la población trabajadora.

La conceptualización del llamado “genocidio económico” por parte de la CTA queda planteada, en su “Módulo Básico de formación para Militantes”, en el que constan “los puntos centrales que constituyen las bases conceptuales de (su) accionar político y gremial” (CTA, 2005a: 3).  

Allí, se denomina “genocidio por planificación de la desigualdad” al proceso que acompaña los crímenes de tortura y desaparición perpetrados por el Proceso de Reorganización Nacional (PRN) en materia de política económica. El aniquilamiento de población en Argentina durante la última dictadura militar tuvo como objetivo principal quebrar la resistencia y desarticular las organizaciones de los trabajadores, para reestructurar las condiciones sociales y productivas e implementar un modelo económico neoliberal (CTA, 2005a: 59). El aumento de la desocupación, la exclusión y el hambre “no fueron efectos no deseados sino perfectamente planificados para la instalación de la riqueza más regresiva de la historia y que continúa hasta nuestros días” (CTA, 2005a: 58).

La crisis y la represión actuaron de manera conjunta para conseguir el aniquilamiento de las organizaciones populares, que operó como condición de posibilidad para la implementación del neoliberalismo y el patrón distributivo que se profundizó en la década del 90.

Esta concepción es utilizada en gran cantidad de escritos políticos y documentos realizados por la CTA. Encontramos así, referencias a los emprendimientos solidarios “que sostienen la epopeya de dar de comer a millones de hambrientos, y dar contención de todo tipo a quienes padecen el nuevo genocidio” (CTA, 2003), así como caracterizaciones de “la situación de nuestros países y pueblos como genocidio planificado por la desigualdad social a partir de la aplicación de la política neoliberal que han instalado, la pérdida de soberanía, la exclusión, el hambre y la destrucción del medio ambiente” (CTA, 2005b). También este “genocidio económico” se relaciona con el tratamiento a los jubilados al afirmar que “el genocidio de nuestros abuelos avanza, porque todos los días mueren nuestros viejos por razones evitables, por hambre y por falta de medicamentos” (CTA, 2005c).

Habiendo desarrollado la noción del “genocidio económico” a partir de la caracterización que hace la CTA, pasaremos a analizar la pertinencia del mismo en tanto “genocidio neoliberal” en el próximo apartado.

Acerca del “genocidio neoliberal”

A partir de lo expuesto hasta aquí, proponemos dos modos de articular los conceptos de neoliberalismo y genocidio. Analizaremos las particularidades de cada uno para determinar en qué medida puede darse una explicación que los articule.

1) El PRN tuvo entre sus objetivos una profunda reestructuración de la sociedad, a través de la destrucción de las relaciones sociales existentes en la población.

Esta reestructuración implementada de la mano del genocidio, se manifestó en el plano económico con el cambio en el patrón de acumulación, desmantelando la etapa de sustitución de importaciones para imponer un régimen económico neoliberal. Los pilares de la política económica de la última dictadura coincidían con los requerimientos del FMI y las recomendaciones de Estados Unidos para los países latinoamericanos: la reforma del sistema financiero, la apertura comercial y el ajuste de los precios domésticos, principalmente, el salario (Castellani, 2002: 98).

Identificamos aquí una primera articulación entre genocidio y neoliberalismo en la medida en que el genocidio aparece como fundante de las políticas neoliberales implementadas durante los setenta y ochenta, y profundizadas en los noventa.

Por un lado, Levy (2010) postula que no es posible generalizar acerca de las políticas neoliberales, ya que si bien las recetas del Consenso de Washington fueron aplicadas en casi todos los países de Latinoamérica, existen especificidades para cada país que impiden hablar de un modelo homogéneo. Sin embargo, retomando la definición de neoliberalismo anteriormente planteada, creemos que éste fue exitoso en la imposición de una “mentalidad neoliberal” de manera indiferenciada.

En este sentido, si el genocidio perpetrado por el PRN no fue condición suficiente para la implantación del neoliberalismo, fue con seguridad condición necesaria para el mismo.

2) Partiendo de la imposibilidad de corroborar la planificación del genocidio que supone la noción de “genocidio por planificación de la desigualdad” que tomamos de la CTA, todavía es posible pensar el neoliberalismo como una práctica genocida en sí misma, en tanto “genocidio por omisión”, en la medida en que la aplicación de la receta neoliberal y sus políticas dieron como resultado una creciente polarización y exclusión social que generaron muertes, tanto directas como indirectas.

En las sociedades feudales, el poder del soberano consistía en la capacidad de dar muerte a sus súbditos, una tecnología de poder consistente en “hacer matar o dejar vivir”. Por el contrario, en las sociedades modernas, el Estado ejerce su poder sobre la vida de los ciudadanos, invirtiendo la fórmula en “hacer vivir o dejar morir”: deja fuera de su dominio el campo de la muerte para ocuparse de garantizar la vida, de mejorarla y a su vez controlarla minuciosamente (Foucault, 1983).

Podríamos pensar que el hecho de “dejar morir” a los ciudadanos no es contradictorio –al menos en una primera aproximación- con el ejercicio de poder del Estado moderno. Podemos acusar al Estado de no cumplir exitosamente con su tarea de “hacer vivir” al no garantizar las condiciones para la vida de la población, pero ¿Podemos acusarlo de genocidio, cuando no hay un “hacer matar”, sino más bien las muertes aparecen como “efectos no deseados” de las políticas implementadas?

Como ya ha sido expuesto, el genocidio como práctica social es concebido como un proceso, que Feierstein ha operacionalizado en su periodización. Intentaremos someter a esta periodización la concepción de “genocidio por omisión”, a modo de ejercicio teórico que permita analizar la pertinencia de este término en relación al neoliberalismo.

La periodización comienza con la construcción negativizante de un “otro”, como sujeto a exterminar. ¿Cuál es el “otro a exterminar” por el neoliberalismo? En primer lugar, los destinatarios de las recomendaciones del Consenso de Washington fueron todos los países del tercer mundo cuya economía estaba sumida en la crisis, y no podemos pensar que éstos fueran objeto de aniquilamiento.

Si nos circunscribimos a quienes adhirieron a los postulados neoliberales en nuestro país, esto incluye tanto los gobiernos de turno como los representantes de la cúpula económica (Basualdo, 2000), sin embargo no se puede hablar de unos y otros en el mismo nivel de análisis. Hemos hecho referencia a distintos sujetos que aparecen como destinatarios del exterminio perpetrado por el neoliberalismo: movimientos sociales, jubilados, desocupados, trabajadores precarizados, y niños que sufren desnutrición son algunos de ellos. Podríamos englobarlos bajo el  término de “excluidos”. Y acá el neoliberalismo define un otro que hay que poner afuera, un otro que es externo: el excluido. Pero la particularidad es que no lo define por lo que es, ni por lo que hace; este otro es el que no forma parte de “los que ganaron”, pero no puede definirse de manera precisa. Y no podemos pensar en un exterminio que no esté dirigido a un grupo particular. Nos parece más acertado considerar que el neoliberalismo deja fuera de su campo de acción a una gran masa de la población que corre el riesgo de ser exterminada, pero que no se constituye como un “otro a exterminar” previamente.

El segundo momento es el de hostigamiento, cuando el “otro diferente” comenzará a ser efectivamente excluido de la sociedad, mediante acciones violentas y esporádicas, amparadas por cuerpos jurídicos surgidos para legitimar estas prácticas discriminatorias. Desde el ámbito legal, se puede entender las leyes que permitieron realizar los continuos recortes en salud y educación, así como el deterioro del poder adquisitivo de los salarios y jubilaciones como un modo de hostigamiento para los “excluidos”. Sin embargo, el neoliberalismo no tiene un “brazo armado”, una “fuerza de choque” que se encargue de instaurar la violencia en la sociedad, a modo del boicot a los comercios judíos de 1933. Por ende, no se puede postular la existencia de un hostigamiento en el sentido que Feierstein le da al término.

La exclusión se hace evidente en la tercera etapa: el aislamiento. Aquí se delimita el espacio por el cual pueden transitar los “otros”. Para el caso bajo análisis, el aislamiento de los excluidos respecto de determinados espacios, no cobra la forma de lugares expresamente prohibidos. Si bien existen lugares vedados para grupos de menores ingresos, y esto conlleva una forma de aislamiento, este hecho no es característico del neoliberalismo –históricamente siempre es posible verificar la imposibilidad de acceso de algunos sectores a determinados circuitos. Por lo tanto, estamos frente a otra etapa del genocidio que no se cumple para el neoliberalismo.

El cuarto momento en la periodización refiere al debilitamiento sistemático. Encontramos correspondencia entre el genocidio y el neoliberalismo en este estadio, en tanto existe un resquebrajamiento físico y psíquico de quienes hemos definido como “los excluidos”. Podemos pensar que los profesionales y trabajadores de empresas del Estado que aceptaron los retiros voluntarios como opción frente al desempleo en el que había caído gran parte de la población constituye un ejemplo de este debilitamiento, que sin dudas contribuyó al “desgaste moral” del conjunto de la población afectada por el desempleo. Sin embargo, este deterioro de las condiciones de existencia que supone el debilitamiento no necesariamente conlleva el aniquilamiento material, que constituye el siguiente momento de la periodización y es clave en tanto concreta la desaparición de los cuerpos portadores de determinadas relaciones sociales.

En pos de verificar la existencia del aniquilamiento, podemos analizar la evolución de la tasa de mortalidad infantil. Aquí encontramos que a la luz de la serie histórica, se verifica un descenso considerable de la mortalidad infantil para el total de la República Argentina. De acuerdo a fuentes oficiales, para 1980 la tasa de mortalidad infantil era de 33.2% cada mil, habiendo descendido a 25.6% para 1990; hasta llegar en 2008 al 12.5%, mínimo valor histórico de la serie 1980-2008.[3] La mortalidad infantil no puede tomarse como indicador de la existencia de un genocidio, en la medida en que ésta ha disminuido en términos relativos hasta reducirse a menos de la mitad.

Llegamos al último momento de la periodización: su realización simbólica, etapa en la cual se configuran modos de narrar y representar la experiencia neoliberal, que le otorgan sentido al proceso atravesado. Incluso si asumimos que el genocidio neoliberal efectivamente tuvo lugar en Argentina, los modelos de representación de esta experiencia constituyen disputas actuales que no están saldadas al día de hoy. Excede por mucho los límites de este trabajo ensayar una respuesta a este interrogante, que consideramos que debe ser necesariamente abordado en trabajos posteriores.

A modo de conclusión

Hemos intentado indagar en la posibilidad de considerar genocida al neoliberalismo.

Una primera conclusión a la que abordamos, es que tal como definimos al genocidio como práctica social, no cabe afirmar que el neoliberalismo lo sea. La cuestión central acerca de la intencionalidad del exterminio no puede verificarse, así como tampoco puede definirse el carácter de la “otredad negativa” sobre la cual se planificó el genocidio. Al aplicar la periodización, no hemos encontrado una correlación que amerite la caracterización del neoliberalismo como una práctica social genocida.

Postular que no es pertinente calificar de genocidio al neoliberalismo no implica negar las consecuencias que su política económica tuvo en nuestro país. Reconocer que el modelo neoliberal tuvo entre sus consecuencias una profunda desigualdad social, la retirada del Estado y la exclusión social, incluso cuándo estas generan muerte, no es equiparable a asumir que se trató de un genocidio. En este sentido, difícilmente podría negarse la existencia de muertos por hambre en el auge del keynesianismo, por ejemplo, lo que no llevaría a afirmar que el sistema capitalista es genocida.

Sin embargo, un punto al que quisiéramos referir es la sociedad que produce el neoliberalismo. Si éste es un “modo de ser” particular, una manera específica de pensarse a uno mismo y en relación con los otros, basado en la mercantilización de las relaciones sociales, sin duda el neoliberalismo produce una serie de efectos ideológico-culturales que son mucho más potencialmente genocidas que la desnutrición o el desempleo producto de la política económica. Los efectos de los que hablamos están sustentados en un individualismo acérrimo, y comprende “la destrucción de las identidades colectivas las nuevas demarcaciones de identidad, la ajenidad a la lucha de otros sujetos sociales, la indiferencia, la destrucción de valores morales” (Levy, 2010: 5), entre otros, que podríamos resumir en el mandato del sentido común del “sálvese quien pueda”.

El neoliberalismo así entendido constituye por lo tanto un elemento articulable con el genocidio, del mismo modo que la racionalidad burocrática fue relacionada con el genocidio perpetrado por el nazismo, pero sin dudas, no son en sí mismas prácticas genocidas. Sería interesante indagar si, a pesar de no considerarlo genocida, el neoliberalismo no ha generado una sociedad mucho más permeable a producir prácticas sociales genocidas; si una sociedad fragmentada, dividida, individualista no es potencialmente productora de prácticas sociales genocidas.

Como ya adelantamos, lejos estamos de clausurar el debate en relación al tema. El neoliberalismo en nuestro país ha generado una nueva realidad tanto económica como social y su estudio es fundamental para entender la realidad que vivimos. Desestimar la idea de “genocidio neoliberal” no implica subestimar sus consecuencias, ni abandonar su crítica, sino por el contrario, involucrarnos en una crítica más profunda que nos permita cuestionar incluso nuestra propia identidad y las relaciones sociales hegemónicas de la sociedad en que vivimos.

Notas

 [*] Ludmila Schneider. Licenciada en Sociología (UBA), Profesora en Sociología (UBA), doctoranda en Ciencias Sociales (UBA). Miembro del Equipo de Asistencia Sociológica a las Querellas (EASQ- UBA) y del Centro de Estudios sobre Genocidio (CEG-UNTREF).

María Florencia Tonelli. Licenciada en Sociología (UBA). Se desempeña actualmente en el ámbito de la Secretaría de Seguridad Social del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social.

 

[1] Néstor Kirchner, Ciudad de San Nicolás, Provincia de Buenos Aires, 10 de febrero de 2004. Disponible en http://www.casarosada.gob.ar/informacion/archivo/24501-blank-55297577

[2] A modo de ejemplo, citamos palabras de Fernando Esteche, líder de Quebracho: “(…) la dictadura militar hizo al pueblo doblemente víctima de su accionar, generando el genocidio conocido contra los sectores populares, a la par que enquistando un modelo económico de dependencia del capital financiero y de alto endeudamiento, costo que recaería sobre el grueso de la nación”. Esteche (2006).

[3] INDEC, Tasa de mortalidad infantil total por 1.000 nacidos vivos según lugar de residencia de la madre, Ministerio de Salud de la Nación, 1980 en adelante, disponible en http://www.indec.mecon.ar/; INDEC, Tasa de mortalidad infantil total por 1.000 nacidos vivos, Ministerio de Salud de la Nación, años 2004-2008, disponible en http://www.indec.mecon.ar/.

Referencias bibliográficas

Basualdo, Eduardo (2000): Acerca de la naturaleza de la deuda externa; FLACSO/Editorial UNQUI, Buenos Aires

Castellani, Ana Gabriela (2002): “Implementación del modelo neoliberal y restricciones al desarrollo en la Argentina contemporánea” en Más allá del pensamiento único. Hacia una renovación de las ideas económicas en América Latina y el Caribe;CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Bs. As.

CTA (2003): “Hacia un nuevo estado y una nueva sociedad”, Sindicato Unificado de Trabajadores de la Educación de Buenos Aires (SUTEBA), Buenos Aires.

CTA (2005a): Módulo Básico de formación para Militantes; Instituto de Estudios y Formación CTA,  Buenos Aires.

CTA (2005b): “Para ellos todos somos terroristas”, Federación Nacional de Salud y Seguridad Social (FNS) Nº19, Buenos Aires.

CTA (2005c): “14 años, 700 marchas”, Federación Nacional de Salud y Seguridad Social (FNS) Nº19, Buenos Aires.

Esteche, Fernando (2006): ¿Qué pensamos de la deuda externa? Declaración de Fernando Esteche por la causa repudio al FMI del 31-8-2004;  Bs. As., 2006, disponible en quebracho.org.ar

Feierstein, Daniel (2007):El genocidio como práctica social: entre el nazismo y la experiencia argentina; Fondo de Cultura Económica; Bs. As.

Foucault, Michel (1983): “Del poder de soberania al poder sobre la vida”, en Genealogía del racismo; Altamira, Bs. As. – Montevideo, 1983.

Foucault, Michel (2008): Nacimiento de la biopolítica; Fondo de Cultura Económica; Bs. As.

Levy, Guillermo (2010): Consideraciones acerca de la relación entre raza, política, economía y genocidio; disponible en movimientodevictimas.org

 

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