Expansión y contradicciones en el capitalismo neoliberal

Por Diego M. Raus [1]

 ¿La Ciencia Social es el análisis de lo social? Si es así, ¿el objetivo de la Ciencia Social es encontrar lo “novedoso” en las cuestiones cambiantes dentro de la multiplicidad de lo social. Efectivamente, esto es lo que hace la Ciencia Social: múltiples y contrapuestos recortes de la vida social para ser presentados, interpelados y comprendidos en su especificidad. Una vez emprendido ese camino se lo nomina, se le pone un nombre, se empieza a definir la cuestión desde esa nominación resaltando que es lo nuevo que el análisis de una parcialidad contiene. El nombre designa, muestra, instituye.

Ahora, ¿cuando a un fenómeno social que expresa un cambio se lo nomina -y define- a partir de un prefijo como “neo”, que está significando? ¿El fenómeno no es sino algo existente pero revisitado, reconfigurado? ¿Es una nueva manera de definir algo que no es nuevo?; ¿es la carencia de un concepto superador que enmarque lo nuevo dentro de una tradición? Entonces, ¿decir neoliberalismo para referirse a una transformación en el ordenamiento económico y político de lo social, es designar la institucionalización de un nuevo orden social?; ¿es referirse a lo nuevo dentro del orden social liberal tradicional?; es ruptura dentro de una continuidad o continuidad mediante rupturas? En síntesis, dilemas epistemológicos que no anulan la necesidad de repensar el orden social a partir de las profundas transformaciones económicas, culturales y políticas que se suceden en el mundo occidental desde la década de los ´80 del siglo XX. Pero esa necesidad presenta un desafío inexcusable: encontrar que es lo nuevo en el nuevo (neo) liberalismo.

En su libro El futuro del capitalismo, escrito a principios de los noventa, el economista norteamericano Lester Thurow desliza una frase lúcida y contundente. Dice, más o menos textualmente, que: “Los ochenta fue una década en donde el capitalismo le declaró la guerra a la clase obrera, y se la ganó”.

Muchos economistas aseguran que la tasa de ganancia promedio del capital (las empresas) en los países desarrollados, fueron más altas durante la vigencia del modelo de bienestar (los “treinta años gloriosos del capitalismo”, al decir de la Escuela de la Regulación) que luego de las reformas estructurales de los ochenta y el inicio del neoliberalismo global. No obstante, es necesario aclarar, hoy se puede constatar que la tasa de ganancia de los conglomerados económicos transnacionalizados y concentrados es mayor que aquel promedio.

Si estos análisis acerca de la rentabilidad del capital fueran ciertos, la pregunta, respecto de la frase de Thurow, sería: ¿Cuál fue entonces la “victoria” del capitalismo?. Una primera respuesta general, pero plenamente descriptiva del nuevo orden, debiera ser que esa victoria, cierta y avasallante, se produjo principalmente en el plano político y cultural. En efecto, el triunfo del capitalismo a partir de la reestructuración económica de los ochenta se reflejó en el brutal disciplinamiento (flexibilización y precarización del contrato de trabajo y caída absoluta de los ingresos directos e indirectos) de una clase asalariada que -a través de las representaciones sindicales y los partidos laboristas, socialistas y socialdemócratas- habían conseguido, con el apoyo de la política estatal, equilibrar las relaciones de fuerzas sociales en el momento de mayor expansión de las economías capitalistas.

 Sin embargo, en estas reflexiones generales podemos pensar, en términos muy acotados, en definir al capitalismo en torno a una específica modalidad de organización de la economía, tanto a nivel de cada sociedad, lo que implica especificidades históricas, como a nivel mundial. El hecho de que esta forma de organización de la economía constituya una modalidad particular supone formas alternativas -socialismo, cooperativismo, autogestión-, lo cual implica una dinámica de conflicto entre sistemas económicos en pos de la organización de la circulación económica sobre áreas cada vez más extendidas. Es decir, los diferentes sistemas económicos buscan construir hegemonía a fin de otorgar una racionalidad única al sistema económico mundial y poder así, pragmáticamente, destrabar espacios de circulación y reproducción a su lógica de desarrollo.

 Desde esta perspectiva se puede acordar que el capitalismo, como una de esas formas, asoma hoy como una modalidad hegemónica a nivel mundial en tanto despliega casi universalmente su lógica de acumulación. Para lograr esto, así como para encontrar su significado, es preciso trascender el sentido económico del capitalismo y entenderlo también como una modalidad organizativa que se constituye moldeando institucional y culturalmente organizaciones y comportamientos sociales.

Sobre la base de lo antedicho se puede entender con más precisión la relación entre ese capitalismo complejamente constituido y las formas de la vida social en las sociedades sobre las que se despliega. La relación entre el capitalismo y la vida social de los individuos está planteada teóricamente desde los comienzos mismos de la economía política y de la sociología. Ya sea a partir de la cosmovisión clásica, según la cual el capitalismo es la forma de los intercambios entre individuos racionales que -en sus relaciones así regladas- logran un beneficio propio y, de esa sumatoria, el bien común, o en base a la teoría marxista de la cual emerge la idea acerca de la constitución de relaciones sociales orientadas y determinadas por la producción capitalista, cuyo resultado neto es apropiación económica, dominación social y alienación política.

Indudablemente la relación entre capitalismo y relaciones sociales, es decir una de las pautas desde donde se organizan las vidas individuales, ha sido redefinida en numerosas oportunidades desde, sobre todo, estas dos grandes y antitéticas visiones. Sin embargo, nunca ha sido puesta en duda la intuición acerca de que la vida social de los individuos -y de ahí el devenir histórico de las sociedades- guarda en algún punto una vinculación con el desarrollo de la economía capitalista. Quizás el punto que torne indisoluble este vínculo, consista en pensar que la necesidad de reproducción del capitalismo, es decir, su lógica y dinámica interna -revolucionaria sostenía Marx- genera un estado de reacomodamiento y redefinición constante de sujetos sociales, de institucionalización de nuevas y cada vez mas complejas relaciones sociales y, principalmente, de la alteración continua de pautas de la vida social. Con la sociología sabemos que las transformaciones sociales se estructuran sobre cambios imperceptibles en la cotidianeidad de las sociedades. En la aceptación de nuevos sentidos sociales por parte de sus actores se asientan los nuevos ordenamientos que llamamos, analítica y conceptualmente, “cambio social”.

De este modo de plantear la relación entre la dinámica del capitalismo y la vida de las sociedades, se desprende que la misma no es solo una relación de producción y trabajo. Si bien existe una especificidad concreta que caracteriza una forma determinada de organización de la economía y los procesos productivo/tecnológicos y de trabajo que despliega, en tanto forma social esa relación excede los ámbitos particulares de la estructura productiva, y se expande al conjunto de las relaciones sociales y de las instituciones existentes en su espacio de pertenencia, en una relación que no se plantea de determinación –pues entonces en vez de forma o vida social hablaríamos de forma o vida económica- pero si de mutua constitución.

Concretamente, entendemos el capitalismo como un sistema que integra un modo de producción y acumulación con formas de articulación social. La co-constitutividad (en el sentido conceptual de O´Donnell) entre el capitalismo y una modalidad de articulación social está en función de las necesidades de aquél de generar relaciones adaptativas más que conflictivas. Si el conflicto distributivo es inherente a la acumulación de capital, la búsqueda del consenso es la opción política del capitalismo como forma social. En este sentido se observa, paralelamente al desarrollo del capitalismo, la evolución progresiva de la idea y la práctica de la libertad, los derechos, la juricidad, la ciudadanía como marco de garantías y responsabilidades sancionadas, los derechos humanos, el medio ambiente. La convivencia del capitalismo con estas modalidades de entendimiento entre los individuos, que en última instancia constituyen rigideces a la circulación del capital, son la opción inevitable (a la manera de un second best) para viabilizar su expansión hegemónica.

Por otra parte, esta opción necesaria implica que el despliegue económico del capitalismo tiñe a las relaciones sociales de específicas modalidades socioculturales, las cuales se expresan en pautas de consumo, cambios constantes de esas pautas, uniformidades, medios de comunicación, particularismos y globalidades. Definitivamente, el desarrollo del capitalismo genera identidades sociales que, en ese marco de libre elección formal y libertad de circulación, asumen sentidos de acción que se revierten sobre el capitalismo obligándolo a sucesivas adaptaciones que escapan a su lógica constitutiva intrínseca.

Ahora bien, la relación así planteada entre capitalismo y formas y sentidos de la vida social, se estatuyó y desarrolló sobre instituciones que estuvieron en el origen del capitalismo, pero que adquirieron una dimensión específica y un grado de autonomía relativo, sintomático a las necesidades adaptativas del mismo. En este sentido nos referimos a tres instituciones básicas: el Contrato, el Derecho de Propiedad y el Estado. Cada una de estas instituciones son cristalizaciones de sentidos definidos como abstractos pero necesarios, y de allí su visibilidad, a la expansión del capitalismo en términos de legitimidad social y, por ende, a su capacidad de constituirse como forma hegemónica y universal.

La institución del Contrato expresa materialmente (o al menos la materialidad de su evolución moderna) la idea de libertad con que el capitalismo entiende la conformación de relaciones sociales. El Contrato define la opción para contratar y ser contratado, la cual implica elección racional y compromiso moral. Esta modalidad de relación social sólo es legítima en función del grado de libertad que para las partes lleva implícito. Esta libertad intrínseca al Contrato implica la posibilidad de decisión acerca de las modalidades de resolución de la vida material de los individuos, a la vez que de elección de las relaciones sociales a establecer y preservar en el uso del tiempo vital. El despliegue económico del capitalismo nunca pudo prescindir de esa libertad formal, al punto tal que la evolución material y jurídica del Contrato se condice con la complejidad económica y tecnológica que desarrolló el capitalismo desde la Revolución Industrial. El punto más genérico que expresa esta relación es la estrecha vinculación histórica entre la economía del capital y el liberalismo político. El Contrato es la garantía de quienes no acumulan para poder resolver la reproducción de su vida material y cultural. A su vez, dado que la “firma” del Contrato conlleva la idea de responsabilidad y compromiso, éste se constituyó en una especie de garantía de  previsibilidad para quienes acumulan en esta forma económica.

El Derecho de Propiedad no sólo sanciona jurídica y políticamente la posesión de bienes con los que se reproduce la acumulación, sino que también hace visible, y por ende controlable a nivel del equilibrio del sistema, la figura del propietario. Este ya no es un sujeto abstracto sino una figura social y jurídica concreta que asume compromisos sobre la reproducción del sistema económico en su conjunto, a la vez que posibilita la constitución de relaciones sociales entre propietarios, siendo esas relaciones un elemento social  y político necesario a la previsibilidad y racionalidad del sistema económico. La evolución del Derecho de Propiedad permitió así definir al sujeto social capitalista no como un propietario de medios de producción, sino como titular de derechos jurídicos sobre la organización (capitalista) de la producción social. Esto se hace visible con la “herencia” del capital como opción a la delegación no de medios productivos sino de posesiones jurídicamente estatuidas con que se continúa la reproducción de la economía del capital, tanto a nivel individual como colectivo. La reproducción del capitalismo es sintomática a la precisión, y por ende al compromiso de observancia social y política, del derecho sobre la propiedad.

Por último, el Estado puede pensarse -en el sentido de las necesidades de estas notas-, como  la cristalización institucional de la necesidad abstracta de delimitar y controlar espacios de producción, circulación y acumulación de la economía del capital, con el objeto de permitir la competencia inevitable que despliega la libertad de ser y hacer, a la vez que como forma de otorgar racionalidad sistémica a la misma, evidenciando una tendencia al equilibrio y no a la mutua destrucción. La necesidad de control de los espacios de circulación y acumulación no significó la uniformidad del territorio alrededor de  una sola forma de organización de la economía, -en este caso el capitalismo-, ya que de hecho un espacio de acumulación de capital convive, o puede convivir, con formas no capitalistas de organización de la economía social. Pero esa necesidad es expresa en la función que el control del territorio adquiere, impidiendo que las formas no capitalistas de la economía traben la circulación y el despliegue del capital en la medida de las necesidades de expansión de éste. El punto no es que todo el espacio se constituya acorde a las relaciones sociales del capital, pero sí que ninguna parte de ese espacio obstaculice el lógico y libre (una vez mas la idea de libertad) despliegue que la dinámica del capital pueda alcanzar. Por eso la organización de espacios de libertad en los que se despliega la economía del capital implicó la evolución del Estado como poder político y jurídico legítimamente constituido, que, básicamente, garantiza el control del territorio en el cual la libertad formal de elección permitirá la instauración de formas hegemónicas de producción social.

A partir de lo señalado, quisiera plantear la hipótesis de que el problema que el capitalismo presenta hoy como forma hegemónica de organización de la economía, (problema que no se expresa en este punto pero sí en relación con sus necesidades de reproducción), es que las nuevas formas productivas y tecnológicas de la acumulación desorganizaron relaciones sociales que habían generado un alto grado de equilibrio y consenso (Estado de Bienestar o Estado de Compromiso, de acuerdo a Przeworski), y, por supuesto, alteraron, y alteran la vida cotidiana de lo social. A su vez esta desorganización de la vida social y cultural y de un sistema costosamente estatuido de relaciones sociales, se relaciona con la desarticulación de las tres instituciones básicas sobre las que el capitalismo desplegó su potencial durante doscientos años.

En este sentido, la flexibilización de los contratos, que se expresa como desaparición del mismo (desempleado) o su informalidad y precariedad, debe entenderse en términos históricos como la desarticulación de la institución que fijaba y hacía visibles relaciones sociales que, coyunturalmente, generaban sentidos sociales de aceptación a la forma capitalista de organización de la producción social. Esta flexibilización de los contratos asoma como una estrategia racional para el reacomodamiento de la economía del capital a un nuevo patrón tecnológico/productivo, es decir, a una nueva fase del ciclo de acumulación de acuerdo a la conceptualización regulacionista. Pero dicha desarticulación trae aparejada la posibilidad de la imposibilidad (valga la paradoja terminológica) de ser contratado, o incluso de contratar, con lo que se ve afectado el grado implícito de libertad que el contrato conlleva. El sin contrato, o el contratado precario, se transforma en un sujeto para el cual esa libertad ha desaparecido o se ha acotado unilateralmente, y con ella la posibilidad de elección de las formas de reproducción de su vida material y cultural. Con la desaparición del Contrato el sujeto queda desligado de un sistema de relaciones sociales que lo había culturalizado en un determinado tiempo histórico, y sobre el que estructuraba sus sentidos sociales y políticos a la vez que generaba mapas cognitivos (concepto de Lechner) sobre los que imaginar su futuro en un sistema (capitalismo) donde, la libertad formal imperante, no lo garantiza ad eternum. La desarticulación de la institución del Contrato es, por lo tanto, la puesta en posición de fuera de juego de un sistema reconocido de organización y sentido de la vida social, a la vez que diluye la idea abstracta pero necesaria de libertad formal sobre la que el capitalismo se instituyó como forma hegemónica.

La institución del Derecho de Propiedad también se desarticula. Materialmente a partir de las nuevas tecnologías que permiten una aceleración de los intercambios, en este caso de propiedad, por sobre la posibilidad sistémica de controlarlos, regularlos en pos de su equilibrio, y hacerlos previsibles. La velocidad y fluidez que las nuevas tecnologías permiten en los intercambios de propiedad significa la pérdida del conocimiento y control acerca de quién es el sujeto propietario. El propietario se invisibiliza y con él, no la propiedad de los medios de producción, sino la titularidad de los derechos jurídicos de propiedad. A su vez esta invisibilidad de la responsabilidad sobre la propiedad permite formas de acumulación racionales en el nivel de un ámbito de la economía social pero desestructurantes del sistema en general. Los derechos de propiedad circulan a una velocidad mayor que los bienes que esos derechos producen, quitándole así toda la capacidad de previsión a la economía en su conjunto y posibilidad de regular la reproducción del sistema global. Este trastocamiento que materialmente se observa en las formas y niveles de producción,  pero sobre todo de distribución de los bienes socialmente producidos, altera las formas de la vida social al otorgar imprevisibilidad a la reproducción y pérdida de libertad sobre las acciones a seguir en función del reestablecimiento de relaciones y sentidos sociales necesarios.

Por último, el Estado, como institución garante de la organización del espacio de producción y acumulación, observa una progresiva y creciente pérdida de su capacidad de control del territorio. A través de los sujetos sociales que pierden toda capacidad de libertad de elección por su descontratación permanente, y de sujetos que, fuera del control que la figura del derecho de propiedad materializaba, se tornan invisibles y por ende no moralmente responsables de las consecuencias de su forma de organizar la producción y la acumulación, se generan espacios territoriales dentro de los estados donde no sólo se instituyen formas de acumulación de capital desequilibrantes del sistema (por ejemplo los denominados “Hedge Funds”), sino que las mismas, en la medida de su expansión, ocupan espacios necesarios al capitalismo “racional” rigidizando la circulación del mismo. Es clara esta pérdida de control estatal de espacios ocupados por formas de producción en base a la acumulación de capital pero desestructurantes del sistema como el narcotráfico, los “paraísos fiscales” o los espacios de circulación ilegalmente desgravados (contrabando). Pero también los descontratados organizan espacios territoriales  (marginalidad, formas ilegales, movimientos reivindicativos) que, en la medida de la permanencia de la descontratación y de la consiguiente pérdida del sentido de valor de una libertad formal que no les permite resolver su vida social, exigen más autonomía sobre ese espacio no sólo para su organización, sino también para la institución de relaciones sociales y reglas de juego diferentes. La dimensión de este proceso de “desinstitucionalización” de las instituciones del capitalismo como organización hegemónica de la producción social, se mide en la pérdida de capacidad de influencia real, ya que no legal, del Estado en la organización y regulación el territorio, lo que es decir sancionar legal y legítimamente las reglas que instituyen relaciones sociales sobre las que se construyen sentidos sociales y consensos políticos.  Estos espacios conforman territorios parainstitucionales a la institucionalidad estatal, y, con la teoría neoinstitucionalista, sabemos que las instituciones son estructuras organizativas pero también portadoras de sentidos sociales históricamente construidos, lo cual implica que estos territorios parainstitucionales deben entenderse  no solo como otras modalidades de organización sino, principalmente, como la resignificación de sentidos sociales, culturales y políticos.

Para concluir rápidamente, creo que queda expuesta una situación que se puede definir como crítica. Esta crisis se apoya materialmente sobre la desarticulación, operada por el mismo capitalismo como forma social de organización económica, de las instituciones básicas con que el mismo construyó una hegemonía clara a fines del siglo veinte, y que se manifestó en la capacidad de organizar -otorgándole un sentido específico- la vida social de los individuos. Pero en términos más significativos se puede pensar la tan mentada crisis del capitalismo no como una crisis relacionada con su capacidad de acumulación, sino como  su imposibilidad de estatuir nuevas instituciones que sancionen, legalicen y legitimen  sentidos a la vida social y que, por ende, permitan reconstituir su hegemonía como modalidad de organización de la economía. Es obvio que este planteo no se realiza como una propuesta de deseos para reconstituir lo que se está desarticulando. Es solo una manera de ubicar, y pensar, un problema para que luego se actúe sobre él de la manera que cada uno pretenda.

[1] UBA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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