¡Viva la Pepa! Análisis del asesinato de Natalia Gaitán

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Por Laura Andrea González1

 

“Mientras que los hombres sigan pensando que tienen que
joder a las mujeres y joderse entre sí para ser hombres…
no puede haber verdadera sanación de nuestras psiquis.”
Gloria Anzaldúa

 

Presentación

 

Este trabajo se propone abordar el análisis del asesinato de Natalia “la Pepa” Gaitán, lesbiana con una expresión de género masculina que fue fusilada por el padrastro de su novia (en el año 2010 en la Provincia de Córdoba, Argentina), a fin de aportar al debate de cómo y por qué el régimen patriarcal y heterosexista se siente interpelado por estas identidades abyectas y subalternas, atacándolas con el objeto de legitimarse y perpetuarse. Para dicho abordaje se tomaron los aportes teóricos y las herramientas conceptuales de distintas corrientes del movimiento feminista y del activismo de la diversidad y la disidencia sexual (conocido por su sigla LGBTTTIQ[2]).

En  un  contexto  nacional  y  regional  fuertemente  sensibilizado  por  la  alta  tasa  de femicidios  (cada  30  horas  una  mujer  es  asesinada  en  la  Argentina  por  violencia  de género[3])  resulta  interesante  preguntarse  cómo  opera  la  violencia  patriarcal  en  los asesinatos de  sujetos no-mujeres (es decir,  aquellos “crímenes de odio”[4] cometidos contra personas con una identidad y/o una expresión de género no-femenina[5] ), pero que también pueden ser leídos como expresión de una misma matriz de violencia machista y misógina.

A este fin será también de interés conocer la repercusión que tuvo el caso al interior del movimiento lgbtttiq, a fin de poder dar cuenta de los distintos modos en que las organizaciones y lxs activistas independientes han reaccionado a partir de este crimen, conociendo las formas a través de las cuales se fueron manifestando distintas modalidades de repudio, protesta,  homenaje o duelo.

Será asimismo pertinente para el presente trabajo presentar algunos elementos del discurso jurídico que se puso en juego en el juicio del asesino Daniel Torres, a fin de indagar acerca de los estereotipos construidos sobre las lesbianas masculinas, dando cuenta de las disputas en torno a la noción de “crimen de odio” que se pusieron en juego en las declaraciones testimoniales y en los alegatos del fiscal, de la querella y de la defensa.

La  Pepa Gaitán: masculinidades y lesbofobia

El 06 de marzo del año 2010, en el Barrio “Parque Liceo” de la periferia de Córdoba capital,  Natalia “la Pepa” Gaitán, lesbiana, militante social, de 27 años de edad, fue cobardemente asesinada de un escopetazo por, Daniel Torres, padrastro de su novia Dayana.

La Pepa y Dayana estaban conviviendo desde hacía más de un año en un cuarto que la Pepa había acondicionado especialmente en la sede de su fundación[6], pero Silvia, la madre de Dayana, no aceptaba la relación de pareja entre ellas, y a tal punto llegó su rechazo que a los dos meses de comenzada la relación echó a su hija de la casa, para después hacer la denuncia policial por fuga de hogar, presentándose luego en un Juzgado para expresar su “preocupación” por la homosexualidad de Dayana y acusando a “Pepa” de “corromperla”. Daniel Torres, pareja de Silvia y padrastro de Dayana, también rechazaba enérgicamente la relación entre su hijastra y Gaitán, a quien solía amenazar de muerte cuando se la cruzaba en el barrio (haciendo el gesto de disparo con los dedos índice y pulgar)[7].

La Pepa Gaitán también había sufrido discriminación por parte de lxs vecinxs, y les había contado a sus allegados que prefería ya no concurrir a los boliches para evitar confrontaciones, pues a veces no la dejaban entrar a los bailes, o la echaban a los golpes. Del mismo modo, se le hacía muy difícil encontrar trabajo, no tanto por su orientación sexual sino principalmente por su expresión de género masculina. Como bien reflejan las voces que aparecen plasmadas en la nota de la periodista Marta Dillon:

 “A mí no se me nota –dice Karen, una joven de 22, mamá de un hijo, ex novia de la Pepa–, si me ves en la calle no te das cuenta, pero tengo, bah, tenía una compañera en la escuela donde trabajo que sí se le notaba y que la terminaron echando del trabajo. Las chicas que son más chonguitas no consiguen trabajo, a no ser de remiseras. Pero igual, aunque no se me note no puedo ir al cuarteto porque la pasás mal si se dan cuenta (…)”.

Otra voz, en la nota ya mencionada, dice:

“Ella me pedía que le dijera ‘gordo’, era querendón y caballero, presumido, siempre tenía una sonrisa o un chiste para que se te pase el enojo. Era un chongo –dice La Turca, otra de sus ex novias–, y los hombres tienen miedo en su condición masculina de las mujeres masculinas porque ellas nunca van a ser vulgares para decir piropos, ellas son más atentos, es como que combinan lo mejor de los dos.”

La propia madre de la Pepa,  Graciela  Vázquez,  contó  la  discriminación  que  sufría  su  hija  desde niña, lo cual la llevó a tres intentos de suicidio y una posterior internación de tres meses en un hospital psiquiátrico infantil tras lo cual sobrevino un año de tratamiento psicológico al cual le dio término ella misma, harta de que la psicóloga le dijera a su hija “puras pavadas”. Así, relata:

“La Nati ya ni iba a los boliches porque se cansaba de que la discriminaran en la calle. Prefería quedarse acá, con la familia, tomarse unas cervezas con las amigas o las novias, porque nosotros desde que nos dimos cuenta ya no la jodimos más. ¡Pero sabés las veces que nos ha parado la policía! ¡Se gastaban los codos entre ellos mirándole el documento y mirándola a ella! ‘¿Qué? ¿Nunca viste una mujer macho?’, les decía yo mientras ella se hacía la que estaba en otra cosa, mirando el celular. Una aprende, aprende a la fuerza. La Nati ya a los 12 años empezó con eso de cortarse el pelo, de hacer todo lo contrario a lo que hacen las nenas. Con mi marido decíamos, bueno, será una machorra, hasta que quiso suicidarse, no una vez sino tres veces seguidas. Y ahí estuvo internada en un psiquiátrico para niños como tres meses. Después seguimos con la psicóloga como un año, que decía puras pavadas. Hasta que yo un día me di cuenta y le dije a mi marido: ‘¿Querés que te diga una cosa, José? La Nati no es una nena, mi hija es un varón’. El por supuesto que no quería saber nada, pero se tuvo que convencer. Mi marido leía mucho y se angustiaba porque pensaba que la Nati iba a ser infeliz, que la iban a discriminar, no podía aguantar su sufrimiento. Pero lo mismo lo tuvo que aguantar y los primeros que íbamos a aminorarle el sufrimiento éramos nosotros. Y lo mismo le dije a la psicóloga: ‘Mire doctora, yo respeto su matrícula pero usted respéteme como madre que soy, esto se termina acá, mi hija va a ser lo que quiera y se acabó el asunto’. Y así fue. Se acabaron las sesiones, se acabó todo. Ella hizo su vida y punto, siempre se la respetamos. Una sola vez me vino toda golpeada de la plaza, llorando porque los hermanos le habían pegado. Que se estaba besando con una chica, decían. Pero con mi marido les paramos el carro, en esta casa se respeta a todo el mundo y más a la hermana de ustedes, los únicos que podemos retar somos los padres y se acabó.” (Graciela Vázquez)

Al barrio Parque Liceo llegaron rumores que sugieren que cuando Daniel Torres ingresó al penal de Bouer se jactó de  “haber matado a una torta de mierda”. Y, como bien señala Dillon: “Es un comentario, nada más, pero de algo habla la insistencia con que se repite.” Algo en el entramado social permite que ese enunciado todavía pueda ser dicho, escuchado, y aceptado.

El asesinato de la Pepa Gaitán conmovió profundamente a lxs activistas de la Provincia de Córdoba y de todo el país, generando reacciones de diversa índole y muy variados formatos desde el 2010 al presente, entre las cuales podemos contar notas periodísticas aparecidas en distintos medios de comunicación; artículos, reflexiones, poemas y producciones teórico-académicas realizadas por activistas, en distintos formatos, que circularon por las redes sociales, especialmente en los muros de Facebook, páginas web y blogs de activistas[8] y organizaciones de la sociedad civil; manifestaciones en el espacio público en las principales ciudades del país a partir de la instauración del 07 de marzo, día en que falleció Gaitán, como el “día de la visibilidad lésbica” (a través de distintas actividades culturales y artísticas); grafitis, stencils y pintadas, entre las cuales se destaca el mural en honor a la Pepa realizado en la cancha del Club Atlético Belgrano de Córdoba (club del que la Pepa era hincha).

Juicio a Torres

El 23 de agosto de 2011 el Tribunal Nº 2, Cámara 7 de la Ciudad de Córdoba difundió los fundamentos para la sentencia  que condenó a Torres, asesino de la Pepa Gaitán, a 14 años de  prisión por “homicidio simple (…) agravado por el uso de arma de fuego” (tron, 2014: 42), entre los cuales se hace mención a la discriminación por la orientación sexual, incorporando las declaraciones que testimonian el rechazo del asesino y de su  mujer (padrastro y madre de la novia  de Gaitán) hacia la relación entre Dayana y La Pepa.

En relación con el juicio, diversas organizaciones sociales y activistas se movilizaron y participaron ofreciendo contención afectiva y acompañamiento a Graciela Vázquez (mamá de la Pepa) antes, durante y después del juicio. También se contó con el patrocinio letrado ofrecido por la Dra. Natalia Milisenda, militante lesbiana perteneciente a la organización local “Devenir Diverse”; y se escribieron y difundieron textos como las crónicas del juicio a Daniel Torres, escritas en tiempo real y subidas a Facebook por la activista lesbiana fabi tron, recopiladas luego en formato de libro (tron, 2014).

A pesar del pedido de la abogada patrocinante de la querella, Dra. Milisenda, quien como parte de su alegato dijo: “les propongo, nuevamente, que nos animemos a reconocer hasta qué punto tenemos internalizada la lesbofobia” (idem: 37), y de la presencia de distintas organizaciones lgbtttiq[9] que también ejercieron presión desde la sociedad civil para visibilizar la lesbofobia de Torres, la noción  de “crimen de odio” por orientación sexual no fue penalmente incluida como agravante en la condena.  En las crónicas del juicio devenidas luego en libro, fabi tron (2014) transcribe algunos párrafos de la sentencia:

“(…) Natalia Gaitán, una joven de 27 años que cargaba con el peso de la discriminación que debía soportar por su condición sexual y que bregaba por sus derechos (…) No se pudo probar que Daniel Esteban Torres mató a Natalia Gaitán por su condición sexual (…) No se presentaron como evidentes, durante el transcurso del debate, elementos de convicción reveladores de una situación lesbofóbica (…) que permita afirmar que hay relación de causa a efecto entre el crimen y la sexualidad de la víctima (…) [quien] vivía con dolor su condición sexual por no sentirse comprendida y aceptada socialmente (…) La motivación de Daniel Torres: (…) no surge con certeza que la causa de su hastío fuera la condición sexual de Natalia Gaitán. Quizás esto haya sido posible, pero no surge de la prueba, no se acreditó» (47-49).

Sin embargo, lxs activistas creemos que La Pepa fue asesinada justamente por ser quien era, una lesbiana masculina,  y tener la valentía de no ocultarlo, poniendo en jaque la trama del sistema heterosexista patriarcal que dicta lo que se supone que debe ser un hombre y lo que debe ser una mujer, aún más allá (o más acá) de la orientación sexual. Como dijo Milisenda: “(…) Daniel Torres apretó el gatillo, pero hay todo un sistema social que lo sostiene y que dice, de alguna manera, que está bien pegarle un tiro a una lesbiana porque, en definitiva, somos menos persona» (Dillon, 2011a)

Respecto de esta cuestión, si bien es sabido que endurecer las penas no persuade inmediata ni  automáticamente a nadie de no cometer determinado delito, no por ello debemos dejar de observar que, como sostiene Rita Segato:

“Si percibimos el poder de propaganda y el potencial persuasivo de la dimensión simbólica de la ley, comprendemos que ella incide, de manera lenta y por momentos indirecta, en la moral, en las costumbres y en el sustrato prejuicioso del que emanan las violencias. Es por eso que la reforma de la ley y la expansión permanente de su sistema de nombres es un proceso imprescindible y fundamental” (Segato, 2003: 127).

En este sentido, cabe destacar que en la Ciudad de Córdoba aún continúan vigente los Códigos de Faltas que permiten a la policía seguir hostigando, privando de libertad y abusando a muchas personas (especialmente travestis, mujeres trans y prostitutas) en forma totalmente arbitraria, aludiendo a “faltas a la moral pública” (así como de jóvenes de los sectores sociales más vulnerables), mediante chantajes y amenazas dañando aún más los derechos humanos de personas que ya se encuentran en posiciones de mucha desventaja en este sistema patriarcal y capitalista, engordando la caja chica y la vergüenza de la corrupta institución policial, ante la indiferencia de lxs “buenxs vecinxs”.

El hetero-patriarcado mata

Tomando como marco teórico las nociones de la filósofa estadounidense Judith Butler (2001), parto de la idea de que las identidades de género se conforman a través de la puesta en acto de ciertos  discursos que, mediante signos exteriores y visibles, y a partir de su repetición, se naturalizan y se perciben como espontáneos o “naturales”. Es decir, los géneros se construyen (o son construidos), tanto en el sentido semiótico (los actos de habla son performativos en tanto realizan lo que están describiendo) como en su dimensión dramatúrgica (a través de la puesta en acto, y su sucesiva y constante repetición).

Así, también desenmascarando el carácter ficcional del género, la teórica lesbiana francesa Monique Wittig (1980) había afirmado ya que: “las lesbianas no son mujeres”, lo cual al ser pensando en clave poscolonial rápidamente nos remite a la frase del pensador de la  negritud Franz Fanon (1952) cuando afirma que “el negro no es un hombre”, pues en ambos casos lo que se anuncia -y denuncia- es que hay ciertas identidades (negros/as, indios/as, pero también mujeres, y asimismo lesbianas, gays y personas  trans), que han sido configuradas por formaciones discursivas que los han colocado en posiciones de inferioridad o subalternidad (Spivak, 2003) respecto de otras identidades valoradas como universales y superiores.

En este mismo sentido, resulta pertinente mencionar a María Lugones, filósofa feminista que retoma la labor de Aníbal Quijano [10] para complejizarlo -o, como ella dice, complicarlo- a fin de entender los procesos de entrelazamiento entre la producción de la “raza” (como herramienta justificadora de la opresión por parte del hombre blanco hacia los hombres de color) y la producción del “género”  (como  instrumento de opresión de los varones hacia las mujeres). En este sentido, señala, “el dimorfismo biológico, la dicotomía hombre/mujer, el heterosexualismo, y el patriarcado están inscriptos… hegemónicamente” (Lugones, 2008: 78). Así, en el contexto del capitalismo moderno occidental, esto es, colonial y eurocéntrico, todxs somos racializadxs y generizadxs, pero en ciertas intersecciones hay un vacío en el que caen las identidades que no quedan por completo incluidas en las categorías que han sido entendidas como homogéneas: no hay  lugar, entonces, en el sistema dicotómico y jerárquico de género para  una lesbiana masculina de un barrio periférico.

Lo que probablemente resulte más disruptivo es que una persona con una genitalidad  culturalmente  asignada al género “mujer” haya asumido roles sociales y sexuales culturalmente asociados al género “opuesto” (es decir, varón). Las burlas, amenazas, y discriminaciones que sufrió La Pepa  pueden ser leídos, de alguna manera, como el intento de los varones dominantes de la comunidad de defender esa supremacía  masculina  hegemónica, castigando a quienes desearan inscribirse en la categoría identitaria de varón, o tuvieran una expresión de género y/o una orientación sexual disidentes de la norma, pues resulta impensable para el sistema de pensamiento hétero-patriarcal, que están tan fuertemente basado en el dimorfismo anatómico, que una persona con vagina se desempeñe  socialmente como no-mujer, por fuera de los estereotipos y mandatos asignados, constituye un verdadero escándalo.

Entonces, me pregunto… ¿Hubiera tenido el mismo desenlace esta historia si Gaitán hubiese sido varón cis[11] (es decir, una persona con pene)?

De un modo similar al caso del varón trans Brandon, quien fue asesinado en el año 1993 en Estados Unidos[12], pareciera que la violencia machista estalla cuando es alguien no-varón-cis quien tiene el atrevimiento de vincularse sentimentalmente con una chica del grupo. Hasta podría inferirse que estamos ante una reactualización del fenómeno que la antropología estructural denominó “intercambio de  mujeres”  (Lévi-Strauss, 1949),  esto es, un  diálogo o  negociación que se entabla entre los varones de una comunidad cuya función sería la de mantener la continuidad del grupo. En este caso, vemos que dicho “intercambio” sólo es considerado socialmente legítimo cuando se da entre personas consideradas varones  “verdaderos”, es decir, aquellos sujetos que ostenten una masculinidad fálica en concordancia  con  cierta anatomía genital externa específica. Si es una persona sin pene quien mantiene un vínculo de mutua afectividad romántica o placer sexual con una mujer, aun cuando sea alguien con una expresión de género masculina, la sanción social por parte de los varones “legítimos” de la comunidad cae con todo el peso del hetero-cis-patriarcado.

Como dice Cheryl Clarke en “El lesbianismo: un acto de resistencia” (1988), la lesbiana es alguien que “se ha rebelado contra su prostitución al amo esclavista… ha descolonizado su cuerpo… ha rechazado una vida de servidumbre que es implícita en las relaciones heterosexistas/heterosexuales occidentales (…) es un negocio peligroso en el patriarcado…” (99).  Peligroso para todxs los cuerpos y las subjetividades disidentes.

Es aquí donde resulta abrumadoramente cierta la idea de la antropóloga Rita Segato (2004) respecto de  la  masculinidad hegemónica: esa  permanente  necesidad  de reafirmarse  mediante el uso de la  violencia (simbólica, psicológica, verbal, física o sexual) deja  al descubierto su patética fragilidad. Para perpetuar su dominación, la masculinidad heterosexual hegemónica necesita confirmar su condición de superioridad aplastando toda  disrupción y cualquier mínimo signo de “otredad” que pueda convertirse en amenaza a sus privilegios, como se observa en todo el espectro de violencia machista, desde los chistes misóginos o el acoso callejero  hasta los asesinatos de Gaitán o Brandon.

Así, la violencia machista, dice Segato, es una forma de enunciado que está dirigido no sólo a la víctima directa de la  acción, sino que también -y sobre todo-  el agresor se dirige hacia sus pares, pues  “la masculinidad es un estatus condicionado a su obtención que debe ser reconfirmado… mediante un proceso de aprobación o conquista”, pues este asalto al cuerpo del otro o de la otra “acredita el acceso… a la cofradía viril” (Segato, 2004: 7). El patriarcado pone en evidencia entonces su carácter de pacto corporativo entre varones.

Asimismo, en Estructuras elementales de la violencia (2003) Segato señala hasta  qué punto “Los aspectos casi legítimos, casi morales y casi legales de la violencia psicológica son los que en mi opinión revisten el mayor interés, pues son ellos los que prestan la argamasa para la sustentación jerárquica del sistema (…) La violencia moral es el más eficiente de los mecanismos de control social y de reproducción de las desigualdades” (114), pues la violencia psicológica, en tanto resulta menos evidente, es menos percibida y más tolerada, constituyéndose en el caldo de cultivo para el complejo entramado jerárquico del sistema patriarcal. Es por eso que la autora compara al racismo automático con el sexismo automático, afirmando que ambos “no dependen de la intervención de la conciencia discursiva de sus actores, y responden a la reproducción maquinal de la costumbre, amparada en una moral que ya no se revisa” (117).

En esta clave bien pueden ser leídos los hostigamientos sufridos por La Pepa de parte de los patovicas de los bailes y la policía local,  o desde la misma familia de su novia, entre quienes se encontraba su futuro asesino, quien –como relataron a la prensa sus amistades y su  familia- tenía la  costumbre de amenazarla cotidianamente cuando se veían por las calles del barrio.[13]

Estas violencias capilares, entonces, resultan estratégicas para la reproducción del sistema, pues mediante ellas es que se renuevan los votos de subordinación de las identidades y sujetxs subalternxs. Y es debido a esta inercia invisible con la que se reproduce este fenómeno que se habla de una violencia de tipo estructural.

Identidades no heteronormadas como las de Brandon o la Pepa nos interpelan desde su posición de fronteras o espacios que desbordan las categorías dicotómicas “mujer/varón”. Por lo tanto, no pueden ser leídas desde un sistema de género propio de la episteme  moderna occidental.

Sería  deseable entonces, como señala Gloria Anzaldúa, que de la polinización cruzada entre diferentes razas, ideologías, culturas, y -por qué no- entre diferentes formas de vivir y expresar el género, pudiera surgir una nueva conciencia para todxs.

Ese nuestro mayor deseo. Esa nuestra lucha.

 

Notas

1- Estudiante avanzada de Sociología (Facultad de Ciencias Sociales, UBA).

[2] Esta sigla refiere al amplio y heterogéneo movimiento político y social por los derechos de las personas con identidad de género, orientación sexual, corporalidades  y/o conformaciones sexo-genéricas no hegemónicas o disidentes de la norma heterosexual, es decir, personas lesbianas, gays, bisexuales, travestis, transexuales, transgénero, intersexuales y queer. En adelante, toda referencia al “activismo” será en relación con este movimiento.

[3]  Según cálculos de “La Casa del Encuentro”, organización feminista de la sociedad civil.

[4] Los delitos o crímenes de odio tienen lugar cuando una persona ataca a otra y la elige como víctima en función de su pertenencia a un determinado grupo social, (según su edad, identidad de género, orientación sexual, religión, etnia, nacionalidad, ideología o afiliación política, discapacidad, etc.). La Comunidad Homosexual Argentina elabora anualmente un informe, el del año 2014 se encuentra disponible en: http://www.cha.org.ar/wp-content/uploads/2015/09/Crimenes-de-odio-2014.pdf. Ver también: http://www.sentidog.com/lat/2011/05/la-homofobia-y-los-crimenes-de-odio-en-argentina.html ;  http://blogs.tn.com.ar/todxs/category/crimenes_de_odio/  

[5] Se utiliza esta denominación para referirse a las expectativas que el sistema binario de género deposita en una persona nacida con genitales femeninos, es decir, se espera que se sienta “mujer” y tenga expresiones de género (actitudes, comportamientos, modales, formas de vestir, modos de hablar y caminar) consideradas “femeninas” para la sociedad en la que vive.

[6] La asociación civil “Lucía Pía” es una ONG en la que trabajaba la Pepa, y que tiene guardería-comedor, copa de leche y talleres de capacitación gratuita. Nota periodística donde se la menciona: http://www.lavoz.com.ar/politica/crece-la-demanda-en-comedores-de-la-capital

[7] La periodista Marta Dillon realizó una investigación sobre el caso, de la cual salieron varias notas que fueron publicadas por el diario Página 12. Aquí se citarán solo aquellas que refieren a los tópicos tratados.

[8] Entre estos se destacan los textos de valeria flores (http://escritoshereticos.blogspot.com.ar/)  y  los artículos de María Luisa Peralta,  Flavia Dezzutto y  la tesis de grado de Luciana Victoria Almada (disponibles en http://potenciatortillera.blogspot.com.ar/) ,  entre otras producciones de activistas y académicxs destacadxs.

[9] “… pude distinguir que se encontraban  presentes Encuentro por la Diversidad, Alternativa LGTB, Devenir Diverse, La Fulana y Las Safinas” (tron, 2014: 12)

[10]  Aníbal  Quijano (2000) relata cómo a fines del siglo XV se conformó un nuevo patrón de poder a nivel mundial en  la  confluencia  de  dos  procesos: la  aparición  de  la  idea  de “raza” como eje codificador de la humanidad, y el “capitalismo”.

[11]  La categoría “cisgénero” está siendo utilizada por algunos sectores del activismo lgtb para denominar a las personas cuyo género autopercibido coincide con el género asignado al nacer, es decir, para aquellas personas no-transgénero. Ver un breve análisis de la emergencia del término en:  http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/soy/1-803-2009-06-12.html

[12] En el año 1993, dos varones cis asesinaron  al varón trans Brandon Teena, a quien habían violado una semana atrás. Los hechos tuvieron lugar en las afueras del pequeño pueblo rural de Falls City, Estado de Nebraska, Estados Unidos. La película “Boys don’t cry”, del año 1999, narra su historia.

[13] Según los relatos de los allegados a la Pepa que figuran en las crónicas de fabi tron y en las notas periodísticas de Marta Dillon ya citadas.

 

Referencias bibliográficas

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